Biblioteca Enrique Gil y Carrasco

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Los días del romántico

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846) estrena el año de su bicentenario con el mejor atavío: una Biblioteca revisada en diez volúmenes que agrupa y actualiza su legado literario. Autor de la mejor novela histórica española, nos regaló un precioso viaje por la provincia.

por ERNESTO ESCAPA

La rueda de los centenarios permite revisar la baraja de los olvidos. En el caso del escritor berciano, tuvimos que esperar hasta este segundo para acercarnos a su retrato menos encofrado, a través de una lectura más suelta. Tres décadas después del esfuerzo benemérito de Augusto Quintana por desvelar a Juana Baylina como su amor y musa, puede leerse sin susto el apunte de su filiación masónica, que lo sitúa en el círculo del presidente González Bravo, quien le encarga la misión diplomática de restablecer relaciones con Prusia, y de su éxito en la corte de Berlín, donde despliega un vínculo seductor que alcanza al científico Alexander Humboldt, quien lo agasaja con la medalla de oro de Prusia, reservada a artistas y escritores relevantes. «La tez pálida, el cabello castaño claro, casi rubio, y los ojos azules».

NUEVA MIRADA

Ojalá que 2015 sirva además para que se lean sus obras. Porque la historia de las letras leonesas no ha sido precisamente pródiga en clásicos. En ese páramo, apenas sobresalen los nombres del jesuita Padre Isla y del berciano Enrique Gil y Carrasco, uno autor de la Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758) y el otro de El Señor de Bembibre (1844). Dos libros de un tonelaje considerable, aunque radicalmente distintos: plúmbeo el de Isla, lastrado en buena medida por la oratoria dieciochesca con la que pugna; y fresco, anticipador, el de Gil, quizá la primera novela española contemporánea digna de ese nombre. Mi experiencia como editor de las novelas de Gil y Carrasco, siguiendo la versión depurada por Ramón Carnicer, me puso en contacto con las circulantes en colecciones didácticas de prestigio, cuyas páginas repiten hasta la desesperación erratas, confusiones y disparates. El más venial de los disloques, presente en unas y otras, consiste en barajar a capricho, sin acertar nunca, los topónimos Carucedo y Carracedo para situar el monasterio donde está el lago, el lago donde el cenobio y así sucesivamente. Merece mucho la pena su prosa viajera berciana, leonesa o centroeuropea, que descuella por su capacidad para describir paisajes y transmitir emociones.

Hace un par de décadas, las gaitas gallegas del tercer centenario del Padre Sarmiento, un Balboa de Villafranca, anunciaron el rescate de su casa en el número 11 de la calle del Agua. Ahora es un solar. A unos pasos, el número 15 muestra los blasones de la casa donde nació Gil y Carrasco. La calle del Agua toma el nombre de su condición de arroyuelo por el que transitaban las escorrentías de las callejas que descienden desde la plaza, de los altos de San Nicolás y de la Alameda, antes de aliviarse en el Burbia. Su apariencia actual es triste y ni siquiera la heráldica que decora sus casas alcanza a suavizar la sensación de abandono y derrota.

EL ORO DE LA MEMORIA

Como advirtió Azorín, el paisaje del Bierzo traspasó los dominios de su cíngulo montañoso gracias a la obra de Enrique Gil y Carrasco, quien sin embargo no mostró ningún apego por su pueblo. Todo el mundo conoce las razones de aquel desdén. Su padre, un soriano de Peñalcázar, se instaló en Villafranca como administrador del marqués y fue despojado del empleo con un baldón de varios miles de reales. Aquel despido malogró entonces la fortuna literaria de la villa, que ha tratado de resarcir el desprecio de su escritor más importante con festejos poéticos en la Alameda de más postín que quilates. También Ramón Carnicer mantuvo tachado a su pueblo durante décadas en sus estancias bercianas a causa de otro tipo de crueldades.

La afrenta a los Gil se transmitió de generación en generación, de manera que mientras vivió su descendiente José María Gil Robles, nieto de un hermano del escritor, no hubo manera de que la villa anduviera con pamplinas para apropiarse de su memoria. Sin embargo, en 1987, una vez amortizado el viejo paquidermo, los supuestos huesos de Enrique Gil y Carrasco fueron trasladados desde el cementerio de Santa Eduvigis de Berlín hasta la iglesia de San Francisco de Villafranca. En el meneo tuvo parte importante Alfonso Álvarez de Toledo, último embajador de España en la extinta República Democrática Alemana. Más tarde, el diplomático se sufragó la publicación de unas memorias tituladas Un tranvía naranja y polvoriento, que entre diversa cohetería del ramo dedican uno de los capítulos al rescate y traslado de los restos de Gil y Carrasco.

Con notable fantasía, el embajador relata la operación, dejando clara su listeza y el aturdimiento de las autoridades berlinesas. El expediente exigía el consentimiento de los familiares pero la voluntad de estos, reiterada por el viejo Gil Robles, era que los restos fueran a parar a Ponferrada y no a Villafranca. Seguramente, por razón de su exilio en Estoril, ignoraba el sobrino nieto que también en Ponferrada, en los años de la guerra, le retiraron la placa del callejero al escritor «por no ser individuo de probada adhesión al alzamiento». Al final, se obvió el trámite y los Gil Robles supervivientes, entretenidos en sus instituciones, o no se enteraron o les importó la mudanza un pimiento de la huerta berciana. La Biblioteca Gil y Carrasco, impulsada por el escritor berciano Valentín Carrera, constituye el mejor viático para recorrer con provecho y deleite los días del centenario.

Diario de León, 4 de enero de 2015

 

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